Dédalo natural de
Atenas, era un magnifico constructor. El mejor de todos los ingenieros de la antigua
Grecia. Un tipo celoso, inteligente y astuto. El fue el que inventó el laberinto. Pero su historia es terrible.
Dédalo
viajó, un día, a la Isla de
Creta, donde fue muy bien recibido por el rey
Minos. Era tan bueno, que el rey, muy pronto le tomo a su
servicio y le
nombró arquitecto principal. ¿Pero quién se fía de los reyes? El caso es que Dédalo se dedicó a crear espléndidas obras de arte.
En aquel tiempo, la isla de Creta estaba asolada por un terrible monstruo, con cuerpo de hombre y cabeza de toro llamado
Minotauro, que sembraba el terror en toda la isla. El rey Minos le pidió a Dédalo una construcción subterránea para encerrarlo. Dédalo, que era muy ingenioso, entonces construyó un
laberinto. Esta construcción tenía tantos pasadizos, rodeos que no llevaban a ninguna parte, vueltas y sinuosidades que una vez que alguien entraba se hacía imposible encontrar la salida. El
Minotauro quedó encerrado en el centro del laberinto, de esa manera volvió la tranquilidad a Creta.
Y el rey Minos para que Dédalo no pudiera trabajar con ningún rey más, lo tomo prisionero. ¡Ay!
¿Cómo escapar de aquella isla?. El rey Minos tenía una flota impresionante.
Dédalo había tenido un hijo con una esclava en Creta, su nombre era Icaro. Y decidió que escaparía con su hijo por aire . Inspirándose en el vuelo de los pájaros, construyó entonces dos pares de alas. Unas para Icaro y otras para él. Recogió gran cantidad de plumas que fue fijando a la estructura con cera de abejas y luego las adaptó con un arnés a su espalda y sus brazos.
Cuando ya estaba todo preparado le dijo a su hijo:- Icaro, si quieres huir conmigo de esta isla, préstame atención y sigue mi consejo. Es necesario que vueles en la mitad de la atmósfera. Si vuelas muy bajo la humedad y el vapor del agua empaparán las plumas, éstas serán muy pesadas y caerás al mar. Y si vuelas muy alto, el calor del sol derretirá la cera, se desprenderán las plumas y también caerás al mar.
Dédalo e Icaro se echaron a volar según lo previsto. Icaro se sintió tan libre y tan feliz, que cada vez comenzó a volar más alto. La vista era maravillosa, era como un pajaro.
Su padre alarmado le gritó que tuviera cuidado, pero Icaro ya no oía, Era tal su entusiasmo. Se acercó más al sol. Tanto que sus alas empezaron a derritirse.
Dedalo vio entristecido, como su hijo se hundía como una piedra en las aguas del Océano. Dédalo llegó libre a Grecia. El lugar donde cayó Ícaro, lleva hoy su nombre.
Y esta es la historia que he querido contarte hoy, casi tal y como mela contaron. JESÚS ÁNGEL REMACHA.